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Mujeres en la música:“Yanga” y “Dzonot” de Gabriela Ortiz



Como un homenaje, Gabriela Ortiz transcribe en su obra “Yanga” la libertad en forma de

percusiones y en “Dzonot” la esencia musical de los cenotes de la península de Yucatán.

Es la obra con la cual, la compositora mexicana, ganó tres premios en la pasada entrega

de los Grammys: Mejor Composición Clásica Contemporánea, Mejor Compendio de

Música Clásica y Mejor Interpretación Coral.


En “Yanga”, los primeros acordes suenan a esperanza. La obra comienza con una historia

olvidada. Tambores antiguos vibran como el latido de Yanga, aquel que inventó la libertad

antes de nombrarla. En la fuerza de sus raíces africanas, la música avanza abriéndose

paso entre la selva de Veracruz. Percusiones profundas, ritmos de tierra húmeda,

fragmentos musicales surgen de voces lejanas. La opresión de los españoles se aprecia

en cada acorde. La esperanza suena en los instrumentos de cuerda.


Hay poca información sobre Gaspar Yanga, el hombre de origen africano que llegó

encadenado a lo que hoy es Veracruz. Se sabe que, a su llegada al país, se dedicó al

manejo de ganado, pero en 1570 lideró una rebelión en la cual venció a los españoles,

convirtiéndose así, en el primer libertador de un pueblo sometido en América.

Aquí, la música avanza como una marcha nacida de la selva. Dialogan tejidos sonoros

ancestrales y acordes contemporáneos. Metales como gritos de rebelión, las cuerdas con

su tensión en la memoria. En esta obra el ritmo se convierte en el cuerpo, como pies que

huyen dejando huella con el paso del tiempo. Las cadenas de los esclavos se quiebran.

Así es como la música se repliega para robar la atención del espectador.

La música es luminosa como una victoria contundente: libertad que se vuelve real, voces

que fueron silenciadas. El olvido que fueron hoy renace en partituras. Cada sonido un

grito de dolor, cada silencio una nota de resistencia. Todo es un acto de recuerdo.

Memoria llena de polvo que Ortiz nos devuelve.

Secciones rítmicas y lentas contrastantes como el blanco y el negro. El diálogo constante

entre el coro y la orquesta. Variedad de ritmos, colores sonoros. Los instrumentos de

origen africano que dibuja el cuarteto solista de percusiones: batá, djembé congas bongós

shekeré caxixi, cabasa. Polirritmias de insoportable intensidad, se convierten en el centro

de la narrativa musical. Es un universo musical lleno de energía sonora, en donde su

sensibilidad no golpea: azota, y sus elementos armónicos sacuden los estribos. Pulso

físico de la orquesta.

Con su papel casi protagonista, las percusiones construyen el ambiente sonoro y rítmico

que representa la historia de Gaspar Yanga y la lucha por la libertad.

No hace falta viajar a Yucatán para conocer los cenotes. Gabriela Ortiz nos hace ver a

través de su música cada detalle con su obra “Dzonot”, como un homenaje a la

naturaleza.

Ahí, el agua cae y nos recuerda sus colores turquesas. Los caminos de piedra, la

profundidad de cada centro sagrado. Dzonot no es un hueco en la tierra, es un oído

abierto que respira, una caverna que escucha pasar el tiempo. En el centro, la luz se

quiebra sin reflejarse y el sonido cae en línea vertical, como el primer movimiento: Dzonot

I, luz vertical, en donde la orquesta y el aullido del chelo evocan el ambiente subacuático y

el efecto hipnótico de los rayos de sol que hieren la superficie vibrante. Así, el agua habla

y las rocas contestan con su silencio inquebrantable. Es entonces que la música brota

desde el fondo del cenote llena de energía.


Aquí, en donde el tiempo se hunde en la temperatura y la música por si misma humedece

el espíritu de quien escucha. “El ojo del jaguar” con la voz del violonchelo que lo imita a la

perfección, se observa el cuerpo del intrigante felino sagrado. “Jade” como una reflexión

sonora de los laberintos acuáticos subterráneos. Experiencia de un sacrifico divino: piedra

erosionada por los ríos de tiempo, el color verde jade y el sonido del agua. Cascadas de

luz reflejada. El olor a tierra húmeda en las orillas. “El vuelo de Toh", la música se

despliega como un ave, como un presagio sonoro, con la esperanza de que el ave toh no

pierda su lugar en la selva tropical, a pesar de la destrucción ecológica que amenazan su

existencia.


La música de Gabriela Ortiz no es música que se contemple desde afuera. Es necesario

que uno se deje llevar, por los sonidos de la mejor compositora mexicana de música

clásica contemporánea. Po que su música humedece y obliga a escucharla con la piel.

Fuerzas primigenias. El grito de tierra y libertad en “Yanga” antes de una revolución y el

agua como origen en “Dzonot”.


Con un lenguaje único, elementos corales, con su técnica profundamente rítmica, con las

percusiones como vehículo de su habla, la música no nace para complacer: nace para ser

escuchada. Con la dramaturgia como su máxima expresión, las composiciones no se

estancan a estas dos obras. Ahí están también “Tanek”, obra inspirada en la cultura

huasteca; “Antropolis” , una oda al ritmo que los amantes del perreo deberían escuchar;

“Luciérnaga”, su ópera en un acto para soprano, actor ensamble de cámara y multimedia;

y su obra “Revolución diamantina” inspirada en el levantamiento feminista de México en el

2019, en torno a la epidemia de violencia contra las mujeres en el país, que, debido al

aumento de los feminicidios, fue un catalizador para esta movilización y cuyo nombre

proviene de un evento durante el cual las manifestantes arrojaron purpurina rosa al jefe de

policía de Ciudad de México, denunciando la falta de respuesta del departamento tras la

violación de una mujer por parte de agentes locales, que hoy, 8 de marzo del 2026, cabe

rendir homenaje.


Los eruditos, clasifican la música de Ortiz como postmoderna; porque se encuentra llena

de conocimiento en forma de pasión y técnica. No es música pedante: es música que se

despliega, con su elementos armónicamente seleccionados, como la cola de un pavorreal.



 
 
 

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