Entre cifras y cultura
- Miroslava Martínez González

- 12 may
- 2 min de lectura
Hay una escena que se repite: la cultura se defiende con palabras, pero se abandona en los
números. Se habla de su importancia, de su capacidad para transformar, de su papel en la identidad y la cohesión social. Pero cuando la conversación se traslada al terreno donde realmente se toman decisiones —presupuestos, inversión, desarrollo—, la cultura pierde fuerza. No porque carezca de valor, sino porque ese valor rara vez se traduce en términos que el sistema reconozca.
Y ahí está la paradoja. Durante años, se ha insistido en proteger a la cultura de la lógica económica, como si nombrarla en esos términos implicara reducirla o contaminarla. Pero esa distancia no la ha resguardado: la ha vuelto vulnerable. La ha dejado fuera de muchas discusiones clave, justo aquellas que determinansu permanencia.
Porque, en los hechos, la cultura ya está dentro de la economía. En México, por ejemplo, el sector cultural aportó en 2024 más de 865 mil millones de pesos al Producto Interno Bruto, lo que representa alrededor del 2.8% de la economía nacional. Además, generó más de 1.4 millones de empleos, equivalentes al 3.5% del total. Es decir, no se trata de una actividad marginal, sino de un sector que produce valor y sostiene una parte importante de la vida económica del país.
Y, sin embargo, esa relevancia convive con una realidad muy distinta: ingresos irregulares,
proyectos que dependen de convocatorias, espacios que abren y cierran, trayectorias que se
sostienen más por persistencia que por condiciones estructurales favorables.
Esa tensión obliga a cambiar la forma en que miramos la cultura. Dejar de pensarla como un
conjunto homogéneo y empezar a entenderla como un ecosistema: uno donde conviven prácticas tradicionales, industrias digitales, expresiones comunitarias y mercados globales. Un espacio donde no todos participan en igualdad de condiciones y donde las reglas no siempre son claras.
En ese ecosistema, el valor no circula de manera uniforme. Hay sectores que crecen, otros que resisten y muchos que operan en los márgenes. Y, sin embargo, todos forman parte de una misma trama que sostiene algo más que actividad económica: sostiene formas de vida.
Quizá por eso incomoda tanto hablar de cifras en la cultura. Porque obliga a mirar de frente
desigualdades, precariedades y tensiones que el discurso cultural, por sí solo, no alcanza a
explicar.
Pero evitar esa conversación no las resuelve. Nombrar la dimensión económica de la cultura no es una concesión al mercado. Es una herramienta para entenderla mejor, para dimensionar sus alcances y para exigir condiciones más justas para quienes la hacen posible.
Entre cifras y cultura hay una distancia, sí. Pero también un punto de encuentro necesario.
Este espacio de Culturamía parte de ahí.
Porque lo vale. Hablemos Cultura




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