El destino
- Cynthia Alcalá
- 14 may
- 2 min de lectura
Crecí en una escuela; era una casa que por las mañanas se transformaba en salones de kínder. Mi mamá era la directora y rentaba ese lugar para su escuela. Gran parte del oído de mi niñez y adolescencia se acostumbró al bullicio de esa casa-kínder. Era lógico lo que sucedió años después: me convertí en maestra.
Agradezco la jeta de los y las godínez frustrados con su vida, porque me hicieron preguntarme: '¿Qué hago aquí?', y después encontrar mi vocación. Llegué a trabajar a otro entorno, rodeada de jóvenes, cosa que me encanta, y siempre disfruto escucharlos. Quizá el destino...
Agradezco esa resiliencia que forjan las oficinas, cosa que la Generación Z se quiere saltar. Les deseo suerte, porque esa resiliencia es verdaderamente necesaria en el mundo actual.
Después llegó la investigación, un derivado de la docencia. Me encontré a profesionales como Doris, que me hacen amar lo que hago; es tan segura de su conocimiento que inspira a otras mujeres. Dudo mucho que en otro ambiente laboral me pudiera encontrar perfiles así.
No romantizo la docencia; claro que tiene muchos retos, como los sueldos, las condiciones laborales y la falta de herramientas para afrontar a las nuevas generaciones. A pesar de esto, creo que existe la vocación que te hace levantarte día a día o preferirla frente a otros ambientes laborales. Con ocho años de experiencia no puedo romantizarla, tengo mi rumbo.
Gracias a la docencia conocí una tribu de apoyo que no imaginaba: las alumnas o exalumnas empáticas. No son mis amigas, porque no conocen mis problemas personales, pero cuando me las encuentro en la cobertura de un evento, me cobijan. Te respetan y te apoyan, cosa que no sabría cómo cotizar en un Excel.
Otra cosa que me hizo decidirme por la docencia fueron las excelentes profesoras que tuve. Me hicieron amar la literatura, la escritura y el periodismo. Todas eran de carne y hueso, con defectos y virtudes, pero apasionadas de sus temas.
Mi mamá, como buena pedagoga, siempre me mandaba regalitos para mis maestras. Ahora creo que el mejor regalo que les podemos hacer es el respeto y entender que los profesores y profesoras son personas con defectos y virtudes. Yo estoy agradecida con el privilegio de haber tenido a las mejores.




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