Metamorphosis II
- Alberto Simón

- hace 2 días
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Las notas fluyen como gotas de agua en un estanque. Lágrimas de transparencia.
Colores impermeables sobre un fondo sin sombra.
Dos células en forma de estrella se fusionan. La energía se bifurca en cuatro pares de
mórulas. Blástula con su cavidad llena de líquido divino. Cigoto enaltecido. Embrión de
silueta difusa. Los meses de espera se estancan, como el agua, dentro del útero.
La mano derecha sobre la izquierda en un esfuerzo sobrehumano para lograr las notas
más pesadas. Las notas blancas, eternas. Mezzopiano significa que la vida no es tan
ligera ni tan caótica. Armonías cantables de tresillos fusiformes.
De las cinco Metamorphosis, la segunda es la que más resuena, como el eco en forma de
ondas de agua.
El cambio empieza siempre con un silencio y el motivo melódico inicial se multiplica en el
espejo de agua. La música nos transporta a un trance espiritual en donde nada se
escucha. La belleza de lo simple. Los arpegios frenéticos de la mano como larvas llenas
de energía. Dolor. Cambio. Todo dolor es un cambio inesperado.
La persistencia de la memoria lastima al tiempo que se curva. Escuchar es estar atento: el
silencio en cada repetición nunca es el mismo. Sombras distorsionan su significado. El
ritmo se pierde, la respiración es otra.
La experiencia de la escucha. La repetición del diálogo se emite sin esfuerzo. La
repetición, del diálogo, se emite sin esfuerzo. La repetición del diálogo, se emite sin
esfuerzo.
Las notas contorsionadas atraviesan sueños y el tiempo se retuerce como una larva en
estado quiescente. Viaje oscuro sin retorno. Entre cada respiración, un suspiro, entre cada
frase musical, un ostinato. El fluir del tiempo como capas, pulso sanguíneo que se resiste
a morir.
La vida es efímera como el recuerdo, como el instante que muere en el momento en que
nace.
Ante esto, los humanos y los insectos no son en nada diferentes. Al inicio, meras pupas
indescifrables. Días después, células indivisibles. Cigotos multiplicados por mitades
inexactas. Embriones que eclosionan a la muerte. Siglos de gestación que nunca
terminan.
La vida de ambos como la música misma, como las notas suspendidas en el recuerdo que
se repite, en un recuerdo que se repite, en los recuerdos que se repiten.
Como en una espiral de tiempo, los motivos retornan con imperceptibles variaciones. Los
segundos y los minutos no envejecen, pero ya no son los mismos.
El piano con su prosa y su poesía. Sus frases no cambian la melodía, si no el modo en
que percibimos el aire que distorsiona nuestro alrededor y el pensamiento se repite, y se
repite y se repite…
Repetir no es volver a tocar la misma nota, es insistir en la misma duda. El piano nos hace
siempre la misma pregunta: ¿Quiénes somos: seres humanos convertidos en insectos o
insectos en forma de seres humanos?
La música termina sin preámbulo a la muerte y transforma a quien la escucha, como
aquel hombre que una mañana, después de un sueño intranquilo, se despertó convertido
en un monstruoso insecto.




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