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Metamorphosis II

Las notas fluyen como gotas de agua en un estanque. Lágrimas de transparencia.

Colores impermeables sobre un fondo sin sombra.

Dos células en forma de estrella se fusionan. La energía se bifurca en cuatro pares de

mórulas. Blástula con su cavidad llena de líquido divino. Cigoto enaltecido. Embrión de

silueta difusa. Los meses de espera se estancan, como el agua, dentro del útero.

La mano derecha sobre la izquierda en un esfuerzo sobrehumano para lograr las notas

más pesadas. Las notas blancas, eternas. Mezzopiano significa que la vida no es tan

ligera ni tan caótica. Armonías cantables de tresillos fusiformes.

De las cinco Metamorphosis, la segunda es la que más resuena, como el eco en forma de

ondas de agua.

El cambio empieza siempre con un silencio y el motivo melódico inicial se multiplica en el

espejo de agua. La música nos transporta a un trance espiritual en donde nada se

escucha. La belleza de lo simple. Los arpegios frenéticos de la mano como larvas llenas

de energía. Dolor. Cambio. Todo dolor es un cambio inesperado.

La persistencia de la memoria lastima al tiempo que se curva. Escuchar es estar atento: el

silencio en cada repetición nunca es el mismo. Sombras distorsionan su significado. El

ritmo se pierde, la respiración es otra.

La experiencia de la escucha. La repetición del diálogo se emite sin esfuerzo. La

repetición, del diálogo, se emite sin esfuerzo. La repetición del diálogo, se emite sin

esfuerzo.

Las notas contorsionadas atraviesan sueños y el tiempo se retuerce como una larva en

estado quiescente. Viaje oscuro sin retorno. Entre cada respiración, un suspiro, entre cada

frase musical, un ostinato. El fluir del tiempo como capas, pulso sanguíneo que se resiste

a morir.

La vida es efímera como el recuerdo, como el instante que muere en el momento en que

nace.

Ante esto, los humanos y los insectos no son en nada diferentes. Al inicio, meras pupas

indescifrables. Días después, células indivisibles. Cigotos multiplicados por mitades

inexactas. Embriones que eclosionan a la muerte. Siglos de gestación que nunca

terminan.

La vida de ambos como la música misma, como las notas suspendidas en el recuerdo que

se repite, en un recuerdo que se repite, en los recuerdos que se repiten.

Como en una espiral de tiempo, los motivos retornan con imperceptibles variaciones. Los

segundos y los minutos no envejecen, pero ya no son los mismos.

El piano con su prosa y su poesía. Sus frases no cambian la melodía, si no el modo en

que percibimos el aire que distorsiona nuestro alrededor y el pensamiento se repite, y se

repite y se repite…

Repetir no es volver a tocar la misma nota, es insistir en la misma duda. El piano nos hace

siempre la misma pregunta: ¿Quiénes somos: seres humanos convertidos en insectos o

insectos en forma de seres humanos?


La música termina sin preámbulo a la muerte y transforma a quien la escucha, como

aquel hombre que una mañana, después de un sueño intranquilo, se despertó convertido

en un monstruoso insecto.


 
 
 

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