¿Por qué escribo?
- Alberto Simón

- hace 10 horas
- 4 Min. de lectura
No es por presumir, pero no me considero un buen escritor. Tampoco me considero un buen
cirujano. Los buenos escritores no escriben dentro de un quirófano. Los buenos cirujanos no
escriben mientras esperan su turno en el quirófano.
Conozco a varios escritores que realmente son buenos: Borges y su estilo único; Dostoyevski y sus personajes profundos; Cortázar y sus historias de cronopios; Rivera Garza y su crítica profunda a la violencia y la justicia social; Shelley y su Frankenstein; Woolf y su flujo de conciencia.
“Cómo fracasar” es el título del primer libro que escribí hace unos años. No se vendió ni un solo ejemplar y no supe si considerarlo un éxito o un fracaso. Cuando voy a una librería y veo uno de mis libros exhibido en un rincón junto a otro, prefiero comprar el otro. A la última feria del libro a la que asistí, poco convencido, el salón en el que presenté mi última novela estuvo vacío.
Por eso prefiero leer a verdaderos escritores, antes que releer mis libros. Aprender de aquellos que han ganado el Nobel, el Pulitzer o premios internacionales muy importantes. Ganar el Nobel es para mí, una fantasía. Pero aquí me tienen, escribiendo este texto para el blog a altas horas de la noche, martirizándome para encontrar los sinónimos, los adjetivos y una gramática perfecta; borrando puntos, quitando comas, encontrando la mejor manera de que una frase tenga sentido e impacte en ustedes.
He gastado mi escaso tiempo (y dinero) en talleres y cursos de escritura creativa con escritores nacionales importantes: Alberto Chimal, Óscar de la Borbolla, Dahlia de la Cerda, Adriana Díaz Enciso y Elisa Díaz Castelo. El taller con Andrés Neuman me costó un mes de sueldo y tres faltas en el hospital. El curso con Lázló Krasznahorkaí me costó un riñón y un divorcio. Espero que, con un poco de suerte, algún día amanezca con algo de su talento.
Muchos compañeros en el hospital me dicen que soy un tonto. Que mejor debería gastar mi
escaso dinero (y tiempo) en cursos y talleres de cirugía robótica avanzada, diplomados de alta gerencia hospitalaria y congresos de actualización para estar a la vanguardia en los últimos tratamientos quirúrgicos.
Y aquí sigo. Dejando de hacer lo uno, por hacer lo otro.
En uno de los talleres me dijeron que, para ser escritor, debo darme a conocer. Por eso desde hace unos meses, escribo cada domingo estas columnas (no estoy tan seguro de llamar a este texto “columna”). También me dijeron que, para ser escritor, debo tener lectores —aprovecho para agradecer a los valientes que se atreven a leer mis palabras—, porque para ser escritor se necesita que lo lean a uno.
¿Y saben qué? creo que este esfuerzo empieza a dar frutos. Estoy orgulloso de las 97 vistas en una de mis columnas y de los 7 corazoncitos en otra. Aunque seamos sinceros, esos números no quieren decir que las personas la hayan leído o les haya gustado. Tal vez alguien llegó a la página por error o alguien dio clic en el corazón pensando en obtener el amor verdadero. Pero aquí sigo, como cada semana, esperando que aparezca el milagro de que, un día, aparezcan 20,000 vistas y 10,000 corazoncitos. Soñar es gratis.
¿Saben cuál es mi mayor temor? No es a la muerte ni a la sangre, porque en el hospital convivo a diario con ellos. Tampoco tengo miedo a envejecer por que cada cana, me hace más sabio.
Mi mayor temor es estar frente una página en blanco y quedarme pasmado, y escuchar el
terrible silencio entre la pluma y la hoja.
Pero aquí estoy. Enfrentando mis temores. Desnudándome ante ustedes. No escribo para ser famoso ni escribo por dinero. El día que vi a un niño jugando futbol, entendí por qué escribo.
Me encontraba en el parque, tratando de buscar inspiración para escribir algo, lo que sea que saliera. Llevaba horas sentado con los pies descalzos sobre el pasto y recargado en un árbol. Pero. el grito constante de “¡Goool!” me desconcentraba. Arranqué, arrugué y lancé decenas de hojas de mi libreta. Aunque soy ateo, supliqué inspiración divina. Entonces sentí el balón en mi nuca.
“¡Bolita!”, escuché. “¡Bolita!” por segunda ocasión. Sabía que el grito no pararía si aventaba su balón. Tomé la pelota con furia, me giré con ganas de golpear a quien fuera que hubiese
perturbado mi concentración. Entonces lo vi. Vi al niño sin piernas que jugaba futbol. Sin ningún otro niño. Sin siquiera su sombra. Solo él y el balón que ahora yo tenía en mis manos. Aunque llevaba su playera de Messi, no aspiraba a ser Messi. Y recordé que, de niño, yo vestía mis uniformes coloridos de Jorge Campos, aunque no aspiraba a ser Jorge Campos. Entonces se me abrieron los ojos. El niño jugaba porque le gustaba jugar, porque no podía evitar esa sensación que le causaba tener el balón entre sus manos, porque se imaginaba levantando la copa del mundo.
Acaricié el balón como acaricio la pluma con que ahora escribo esta historia. Sentí una especie de humedad en los ojos. Levanté la vista, pero el niño ya había desaparecido. Todos mis intentos por encontrarlo fueron infructuosos.
Desde entonces, cada que me siento en mi escritorio, frente a mi pila de cuadernos, mis
plumas y mi taza de café a un lado, recuerdo por qué escribo: por que me gusta.




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