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Marte: el portador de la guerra

Marte es mi planeta. Autorretrato musical.Nací un martes. Mi signo zodiacal es de fuego. No pienso. Actúo. En mi escritura no hay piedad: destrozo lo establecido. Mi color es el rojo, como el vino derramado de una botella, como la sangre en una batalla. En el quirófano, el bisturí es mi espada: al clavarla en la piel de los cuerpos, lo primero que veo es la sangre con olor a hierro, como el hierro que forja la espada de Marte: el portador de la guerra.


Poema sinfónico a la destrucción. La guerra escrita en partituras. Los pasos de la infantería se escuchan a lo lejos. Violines y violas, chelos y contrabajos, imponen el ostinato en cinco tiempos; el dorso de los arcos golpea las cuerdas, col legno, martilleo impecable contra la tierra; el sonido metálico y expansivo del gong presagia la fatalidad; el latido de los timbales, corazón de la batalla; fagots amenazantes, cornos franceses heroicos, trompetas militares con su voz de mando: la violencia musical contiene el estallido.


El planeta rojo observa desde su órbita, la cólera del dios romano que destruye la paz en

siete minutos. El general del ejército, comandante supremo de la orquesta, con su viril

batuta como símbolo fálico de un Marte erguido. En la obra no existe debilidad, solo caos

en forma de crescendo.


La música hiere al oyente. Forte y fortissimo pesan en los oídos y la adrenalina inunda el cuerpo. Armonías irreverentes. Disonancias alternas. La tensión aumenta en cada compás y el diálogo entre las tubas con sus órdenes marciales y las trompetas, dirigen la batalla. Los soldados de la orquesta caen heridos y aparece la calma en unos cuantos compases. La sombra cae, la calma se quiebra y el mundo recuerda que la destrucción es una forma de lenguaje.


La ira los alienta a levantarse con brío. El general ordena fortissimo. Es el dios del

impulso, del golpe inmediato, del fuego que no reflexiona. Su sangre roja, no conoce

matices: solo la herida que queda abierta.


El tutti de la orquesta es un orgasmo musical que se debe experimentar.Gustav Holst altera nuestra paz. Nos seduce con la violencia musical de su obra que no admite misericordia. Es su alma astrológica dedicada a los siete planetas conocidos en su tiempo: Marte con su guerra, Venus pacífico, Mercurio con sus mensajes alados, Júpiter que nos brinda alegría, Saturno el viejo, Urano con su magia y el misticismo de Neptuno.


Marte no pide permiso: irrumpe en nuestros oídos. Con su armadura en sol menor, destroza nuestros conceptos de música, como lo hizo en su estreno en 1918. Violencia cristalizada en partituras de hierro.


La obra nos recuerda que, para destruirnos, necesitamos a la música, como la voz de un

ejército que sentencia a la humanidad. La devastación como clímax de la sociedad.

Los compases finales sin esperanza ni espíritu, en donde el ostinato se fractura. Silencio. El golpe seco de los metales, el golpe frío de las percusiones, los acordes disonantes. No hay victoria, no hay consuelo.


En este movimiento todo es absolutamente inhumano. No hay gloria ni heroísmo ni tragedia: solo una maquinaria sonora que aplasta sin distinguir entre vida y muerte. Ya no queda nada por destruir y el oyente no se levanta más. Es el horror musicalizado y catastróficamente hermoso de escuchar.



 
 
 

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