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El Adagio del Concierto de Aranjuez

El concierto nace como nacen las nostalgias. La muerte camina lento como un adagio. Un

recién nacido sin vida. Una mujer agoniza. Un hombre se lamenta. La guitarra con sus

acordes desgarrados…

Latidos de plomo que imitan al corazón durante toda la obra. Cada compás es un

fragmento de una alma destrozada. Cada nota, una lágrima en el pentagrama. Entre cada

silencio un lamento se percibe: eco de cien años que continúa resonando…

A pesar de quedar ciego a los tres años a consecuencia de la difteria, Joaquin Rodrigo

compuso, en 1939, la obra más importante de toda la literatura musical española: el

Concierto de Aranjuez, no solo como un tributo a la música flamenca, sino como un

monumento musical a la pérdida. El concierto nace del insoportable dolor por la muerte

de su primer hijo y es una invitación a llorar, que usted querido lector, tiene que aceptar.

En el primer movimiento, allegro con spirito, se escucha la música de los gitanos como

una música que se enraíza a la tierra a través de sus zapateados y el canto bohemio en el

solo del chelo. En el tercero, allegro gentile, se escuchan los recuerdos de Aranjuez con

sus bellos jardines, las alegres fuentes, el canto de las aves y la voz de viento que

tranquiliza a los árboles.

En medio de esas dos energías, la de la tierra y el viento, la de lo terrenal y lo divino,

se encuentra contenido un lamento escrito en Braille en donde las emociones se

transmutan.

Cada compás como herida que sangra música. La calamidad plasmada en partitura.

Colores y aromas opacos. El pulso del corazón a sesenta minutos por nota. La guitarra

con su canto rasgado. El clamor del corno inglés con su dulce voz aparece como una

epifanía sin sustento. Las cuerdas graves con sus sordinas sostienen a la guitarra para

que no caiga en un abismo… Dramatismo en su máxima expresión que detiene los

latidos del corazón en el tiempo y el espacio de quien la escucha.


La guitarra como la voz humana y la orquesta como representación de lo divino, el

adagio es una conversación musical entre el compositor y ese Dios despiadado que no

escucha el lamento de su hijo. Joaquin Rodrigo pregunta: ¿Por qué a mí?, ¿Por qué mi

hijo?, ¿Por qué me has abandonado? y Dios con su orquesta que opaca sus plegarias de

una manera sombría y la guitarra con su llanto agudo que reprocha y lamenta y el dios

con su tutti orquestal impone su voluntad y la guitarra con su llanto maldice e insiste en su

lamento y la voz de dios que finalmente apacigua y le voz del hombre que se reconcilia

con el tiempo…

Y de pronto llega el éxtasis melódico de nostalgia. La guitarra con su voz débil se alza

y adquiere la fuerza para maldecir desde la penumbra y emitir su monólogo: lamento,

súplica, rabia, ira, resignación… paz. Periodo culmen del concierto lleno de virtuosismo

que el interprete exhibe. Con acordes violentos y explosivos maldice, pero la orquesta lo

apacigua finalmente para llegar al clímax de la obra y la tensión se disuelve como vapor

de agua…

Las notas de la guitarra en los últimos dos compases ascienden como el alma

resignada hacia el cielo: el alma del hijo muerto. Cobijado por las voces angelicales de las

cuerdas la guitarra se transforma en el arpa celestial y encuentra la resignación y el

consuelo que le fueron negados.


Si el lector cierra los ojos al escuchar al adagio, podrá ver a través de la melodía y los

acordes todo el sufrimiento del hombre, porque el Concierto de Aranjuez es una obra que

debe ser escuchada a partir del espíritu.


 
 
 
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