El Adagio del Concierto de Aranjuez
- Alberto Simón
- hace 21 horas
- 3 Min. de lectura
El concierto nace como nacen las nostalgias. La muerte camina lento como un adagio. Un
recién nacido sin vida. Una mujer agoniza. Un hombre se lamenta. La guitarra con sus
acordes desgarrados…
Latidos de plomo que imitan al corazón durante toda la obra. Cada compás es un
fragmento de una alma destrozada. Cada nota, una lágrima en el pentagrama. Entre cada
silencio un lamento se percibe: eco de cien años que continúa resonando…
A pesar de quedar ciego a los tres años a consecuencia de la difteria, Joaquin Rodrigo
compuso, en 1939, la obra más importante de toda la literatura musical española: el
Concierto de Aranjuez, no solo como un tributo a la música flamenca, sino como un
monumento musical a la pérdida. El concierto nace del insoportable dolor por la muerte
de su primer hijo y es una invitación a llorar, que usted querido lector, tiene que aceptar.
En el primer movimiento, allegro con spirito, se escucha la música de los gitanos como
una música que se enraíza a la tierra a través de sus zapateados y el canto bohemio en el
solo del chelo. En el tercero, allegro gentile, se escuchan los recuerdos de Aranjuez con
sus bellos jardines, las alegres fuentes, el canto de las aves y la voz de viento que
tranquiliza a los árboles.
En medio de esas dos energías, la de la tierra y el viento, la de lo terrenal y lo divino,
se encuentra contenido un lamento escrito en Braille en donde las emociones se
transmutan.
Cada compás como herida que sangra música. La calamidad plasmada en partitura.
Colores y aromas opacos. El pulso del corazón a sesenta minutos por nota. La guitarra
con su canto rasgado. El clamor del corno inglés con su dulce voz aparece como una
epifanía sin sustento. Las cuerdas graves con sus sordinas sostienen a la guitarra para
que no caiga en un abismo… Dramatismo en su máxima expresión que detiene los
latidos del corazón en el tiempo y el espacio de quien la escucha.
La guitarra como la voz humana y la orquesta como representación de lo divino, el
adagio es una conversación musical entre el compositor y ese Dios despiadado que no
escucha el lamento de su hijo. Joaquin Rodrigo pregunta: ¿Por qué a mí?, ¿Por qué mi
hijo?, ¿Por qué me has abandonado? y Dios con su orquesta que opaca sus plegarias de
una manera sombría y la guitarra con su llanto agudo que reprocha y lamenta y el dios
con su tutti orquestal impone su voluntad y la guitarra con su llanto maldice e insiste en su
lamento y la voz de dios que finalmente apacigua y le voz del hombre que se reconcilia
con el tiempo…
Y de pronto llega el éxtasis melódico de nostalgia. La guitarra con su voz débil se alza
y adquiere la fuerza para maldecir desde la penumbra y emitir su monólogo: lamento,
súplica, rabia, ira, resignación… paz. Periodo culmen del concierto lleno de virtuosismo
que el interprete exhibe. Con acordes violentos y explosivos maldice, pero la orquesta lo
apacigua finalmente para llegar al clímax de la obra y la tensión se disuelve como vapor
de agua…
Las notas de la guitarra en los últimos dos compases ascienden como el alma
resignada hacia el cielo: el alma del hijo muerto. Cobijado por las voces angelicales de las
cuerdas la guitarra se transforma en el arpa celestial y encuentra la resignación y el
consuelo que le fueron negados.
Si el lector cierra los ojos al escuchar al adagio, podrá ver a través de la melodía y los
acordes todo el sufrimiento del hombre, porque el Concierto de Aranjuez es una obra que
debe ser escuchada a partir del espíritu.
