La persistencia de la memoria o la fragilidad del tiempo
- Alberto Simón

- hace 19 horas
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Abrí los ojos y desperté del estado letárgico en el que me encontraba. Reconocí el paisaje
desierto de belleza irresistible. Inerte. El fondo teñido de azul, lastimado por áureos
colores y una herida de consistencia espumosa. A lo lejos, una roca de tonos ocres y
sienas presenciaba en silencio los nulos acontecimientos que se venían dando desde la
creación.
Giré la cabeza. Moví los ojos. ¿Dónde estaban los colores vívidos del mundo? Me
encontraba cobijado por la seriedad de los tonos marrones, castaños, pardos y cobrizos.
No soportaba en mis oídos el peso del silencio. ¿En qué se diferenciaba aquel lugar con
la ausencia de ruido de mi vida?
Si estuviera muerto, todo el paisaje sería oscuro, pero los tonos lúgubres denotaban
que alguien estaba agonizando. Tal vez era el árbol a mi izquierda en cuya rama
extendida, descansaba una imagen flácida y ovoidea. Otras dos imágenes en condiciones
similares de ablandamiento o derretimiento se encontraban a ambos flancos desde donde
yo observaba.
Solo al alejarme, acorde con las leyes de la perspectiva, observé a los tres relojes
blandos que yacían echados. Recé por sus agujas flácidas y por el alma de sus números,
pero más allá del punto de fuga, había un campo lleno de miles de relojes blandos.
Tuve la certeza de que era un camposanto. Entendí que los relojes también se suicidan
porque se fastidian de girar y girar, siempre en la misma dirección. ¿Por qué los relojes
siempre giran a la derecha y no a la izquierda? ¿Por qué su inventor no les dio la libertad
de girar y girar en el sentido que más les plazca? Como los hombres, fueron creados sin
su consentimiento. Con cada paso, vi millones de relojes y me alegré de no ser uno de
ellos.
¿Dónde estaba el tiempo en aquel lugar? ¿Qué sería de un reloj que girara hacia la
izquierda?Caminé entre unos relojes de cara pálida, rodeados de negros números. Los bigotes que nacían de su centro, al fin descansaban en paz, sin hacer caso del zumbido de los insectos, ni de la mosca. Un grupo de hormigas estaba justo encima de una granada a
punto de activarse.
Me acerqué a los relojes lentamente y corroboré que las agujas no avanzaban. En
aquel lugar ya no había vida y daba lo mismo decir lento que rápido. Acaricié sus fascias
blancas repletas de grietas. No lloraban, no gritaban. No había quejas ni reclamos. La
elocuencia del silencio es sabia.
Subí a un cubo y me alejé de las hormigas y la granada no explotó afortunadamente.
Cuidé de no lastimar al malherido reloj. Me acerqué al espantajo de árbol y traté de bajar
al reloj que decidió estar ahí con su columna dislocada. Pero lo único que obtuve fue
resistencia y movimiento nulo. Leí su apariencia frágil y escuché su dureza como la de un
diamante. Entendí lo que me quiso decir.
Caminé sin saber si me dirigía al sur o al norte. Tiempo después, vaya ironía, supe que
me dirigía al poniente, el punto en donde todo muere incluyendo el sol. A nadie le importa
el lugar de donde uno viene, más que a un o mismo.
Caminé entre los cientos de relojes echados, tumbados sobre rocas, doblados sobre sí
mismos y me di cuenta de que tenían de vida, el equivalente igual a cero. Todos eran
redondos y ovalados, pero ninguno era igual a otro.
Me sentí atraído por uno de ellos que descansaba en una masa amorfa de tonos beige
y marrones. Pude reconocer sus bordes irregulares y los rasgos característicos de sus
facies: fue ahí que identifiqué a mi memoria, aquella traicionera que suele abandonarme
cuando más la necesito.
Me detuve y contemplé mi rostro en ella. La observé, me incliné y le hice una
reverencia. Del reloj emanó una nube de polvos dorados que me rodearon como un
tornado. Dentro de aquel vórtice, se dibujó el momento de mi nacimiento y en ese
instante el reloj comenzó a girar y girar nuevamente. Como si hubiera leído mi
pensamiento, giraba a la izquierda y no a la derecha.
Hice lo mismo con los demás miles de relojes muertos y en cada nube de polvo
aparecía una escena de mi vida, siempre con los agujas girando a la izquierda. Entendí
que la memoria es la única sustancia capaz de hacer que la vida se acerque o se aleje de
aquella esencia llamada vida.
El último reloj me mostró el momento de mi muerte: dentro de la nube de polvo, abrí los
ojos y desperté del estado letárgico en el que me encontraba. Reconocí el paisaje
desierto de belleza irresistible. Inerte. El fondo teñido de azul, lastimado por áureos
colores y una herida de consistencia espumosa. A lo lejos, una roca de tonos ocres y
sienas presenciaba en silencio los nulos acontecimientos que se venían dando desde la
creación.




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