top of page

La persistencia de la memoria o la fragilidad del tiempo


Abrí los ojos y desperté del estado letárgico en el que me encontraba. Reconocí el paisaje

desierto de belleza irresistible. Inerte. El fondo teñido de azul, lastimado por áureos

colores y una herida de consistencia espumosa. A lo lejos, una roca de tonos ocres y

sienas presenciaba en silencio los nulos acontecimientos que se venían dando desde la

creación.


Giré la cabeza. Moví los ojos. ¿Dónde estaban los colores vívidos del mundo? Me

encontraba cobijado por la seriedad de los tonos marrones, castaños, pardos y cobrizos.

No soportaba en mis oídos el peso del silencio. ¿En qué se diferenciaba aquel lugar con

la ausencia de ruido de mi vida?


Si estuviera muerto, todo el paisaje sería oscuro, pero los tonos lúgubres denotaban

que alguien estaba agonizando. Tal vez era el árbol a mi izquierda en cuya rama

extendida, descansaba una imagen flácida y ovoidea. Otras dos imágenes en condiciones

similares de ablandamiento o derretimiento se encontraban a ambos flancos desde donde

yo observaba.


Solo al alejarme, acorde con las leyes de la perspectiva, observé a los tres relojes

blandos que yacían echados. Recé por sus agujas flácidas y por el alma de sus números,

pero más allá del punto de fuga, había un campo lleno de miles de relojes blandos.

Tuve la certeza de que era un camposanto. Entendí que los relojes también se suicidan

porque se fastidian de girar y girar, siempre en la misma dirección. ¿Por qué los relojes

siempre giran a la derecha y no a la izquierda? ¿Por qué su inventor no les dio la libertad

de girar y girar en el sentido que más les plazca? Como los hombres, fueron creados sin

su consentimiento. Con cada paso, vi millones de relojes y me alegré de no ser uno de

ellos.


¿Dónde estaba el tiempo en aquel lugar? ¿Qué sería de un reloj que girara hacia la

izquierda?Caminé entre unos relojes de cara pálida, rodeados de negros números. Los bigotes que nacían de su centro, al fin descansaban en paz, sin hacer caso del zumbido de los insectos, ni de la mosca. Un grupo de hormigas estaba justo encima de una granada a

punto de activarse.


Me acerqué a los relojes lentamente y corroboré que las agujas no avanzaban. En

aquel lugar ya no había vida y daba lo mismo decir lento que rápido. Acaricié sus fascias

blancas repletas de grietas. No lloraban, no gritaban. No había quejas ni reclamos. La

elocuencia del silencio es sabia.


Subí a un cubo y me alejé de las hormigas y la granada no explotó afortunadamente.

Cuidé de no lastimar al malherido reloj. Me acerqué al espantajo de árbol y traté de bajar

al reloj que decidió estar ahí con su columna dislocada. Pero lo único que obtuve fue

resistencia y movimiento nulo. Leí su apariencia frágil y escuché su dureza como la de un

diamante. Entendí lo que me quiso decir.


Caminé sin saber si me dirigía al sur o al norte. Tiempo después, vaya ironía, supe que

me dirigía al poniente, el punto en donde todo muere incluyendo el sol. A nadie le importa

el lugar de donde uno viene, más que a un o mismo.


Caminé entre los cientos de relojes echados, tumbados sobre rocas, doblados sobre sí

mismos y me di cuenta de que tenían de vida, el equivalente igual a cero. Todos eran

redondos y ovalados, pero ninguno era igual a otro.


Me sentí atraído por uno de ellos que descansaba en una masa amorfa de tonos beige

y marrones. Pude reconocer sus bordes irregulares y los rasgos característicos de sus

facies: fue ahí que identifiqué a mi memoria, aquella traicionera que suele abandonarme

cuando más la necesito.


Me detuve y contemplé mi rostro en ella. La observé, me incliné y le hice una

reverencia. Del reloj emanó una nube de polvos dorados que me rodearon como un

tornado. Dentro de aquel vórtice, se dibujó el momento de mi nacimiento y en ese

instante el reloj comenzó a girar y girar nuevamente. Como si hubiera leído mi

pensamiento, giraba a la izquierda y no a la derecha.


Hice lo mismo con los demás miles de relojes muertos y en cada nube de polvo

aparecía una escena de mi vida, siempre con los agujas girando a la izquierda. Entendí

que la memoria es la única sustancia capaz de hacer que la vida se acerque o se aleje de

aquella esencia llamada vida.


El último reloj me mostró el momento de mi muerte: dentro de la nube de polvo, abrí los

ojos y desperté del estado letárgico en el que me encontraba. Reconocí el paisaje

desierto de belleza irresistible. Inerte. El fondo teñido de azul, lastimado por áureos

colores y una herida de consistencia espumosa. A lo lejos, una roca de tonos ocres y

sienas presenciaba en silencio los nulos acontecimientos que se venían dando desde la

creación.

 
 
 

Comentarios


bottom of page