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El hiperindividualismo

'Un vecino gruñón' es una película sobre un viudo solitario y estricto que ha perdido las ganas de vivir tras la muerte de su esposa y su jubilación forzada. La verdad es que el título en español no le hace justicia al poderoso guión de esta película; yo pensé que iba a ver una película palomera para distraer la mente y encontré una joya.  

  

Un profesor un día me aseguró que los millennials íbamos a morir solos por no saber convivir con los defectos de otras personas. Las redes sociales están plagadas de mensajes de “dejar ir”, ¿pero esto nos estará dirigiendo al hiperindividualismo?  

  

El trabajo en comunidad es lo contrario al hiperindividualismo. En el caso de la película, son los vecinos: una vecina claro que nos puede ayudar en momentos de apuros. ¿Pero el mundo moderno estará acabando con estas microsociedades?  

  

Yo he caído en el hiperindividualismo: desactivo las notificaciones del grupo de vecinos de WhatsApp, nunca he ido a una junta de vecinos y sé muy poco de ellos. No me culpo; mucho se debe a los horarios laborales.  

  

Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio, dice que la depresión es la enfermedad que se padece bajo un exceso de positividad. Es que ahora pensamos que podemos y debemos lograrlo todo, bajo una autoexigencia absurda, pero no podemos solos con todo. Es inhumano y caeríamos en un perfeccionismo absurdo e inexistente.  

  

El personaje de Otto, a pesar de ser sumamente disciplinado y hábil con cuestiones mecánicas, necesita el cariño de un plato de mole bien preparado. No se trata de ser dependientes, pero sí se trata de una interdependencia armónica; aunque, con el ruido moderno, estamos lejos de lograrlo.  

  

Quizá no necesitamos a alguien que nos prepare mole, pero es imposible que un individuo nunca llegue a necesitar de alguien. Es triste que una sociedad cada vez se preocupe menos por la persona que tiene al lado. Yo no recuerdo la última vez que le pedí azúcar al vecino; de hecho, creo que nunca les he pedido nada, solo que muevan el coche.  

  

Muchas veces basta con sonreír, ser amable y entender que todos estamos librando batallas del mundo moderno. Un día preguntaba un usuario de la red social X cómo sabías si a alguien le estaba yendo bien en la vida, y una sabia usuaria respondió que no está chingando al otro.  

  

Me quedé pensando en esos días en los que tenía doble jornada académica y un caldo hecho con amor por mi mamá me sabía a gloria. O cuando una amiga me preparó una pasta. Aunque quizá eso es otro nivel, otro lenguaje del amor. En el mundo moderno, con tener un  poco de empatía al prójimo es suficiente. Y eso todos podemos hacerlo o trabajarlo, sin importar nuestro lenguaje del amor.   

  

Deseo que el hiperindividualismo se aleje lentamente de nuestras vidas; al menos ese es mi propósito de 2026: observar más las necesidades de mis seres queridos y tener más seguido esas ráfagas de brillo con el otro.  

  

Hace unos días, una señora me dijo: “Me saludas a tu mami”, en el tono familiar que solo los de provincia conocemos, y mi mamá es el ejemplo de cómo se rompe el hiperindividualismo. Cuando tuvo su kínder, durante tres años cuidó por horas y fuera del horario escolar a una alumna; le ofrecía un plato de sopa y un techo hasta que llegaran a las siete de la noche sus papás de la oficina. Mi mamá lo hacía sin costo extra, enfrentado al sistema capitalista de las escuelas.

  

Me cae mal la gente que confunde amabilidad con estupidez. La diferencia es la observación y la intuición. He visto proyectos terminarse por no observar de quién te haces socio o socia. He visto divorcios por no observar a la pareja. Un hecho es que no todos merecen nuestra amabilidad y empatía. Y citando a Dahlia de la Cerda, tampoco todas merecen nuestra sororidad.


La escritora Irene Vallejo asegura que le erotiza la gente buena, y estoy de acuerdo con ella: nada más sexy que una persona buena. Me he topado con mucho cosplay de gente buena en redes sociales, ese disfraz de buena ondita, pero por fortuna existe la observación, la terapia y la intuición, a esa siempre hay que hacerle caso. ¿O usted qué piensa, querido lector? 

 
 
 

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