¿Se puede escuchar el reflejo?Spiegel im Spiegel de Arvo Pärt
- Alberto Simón

- 3 may
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Escuchar es un acto de sueño. Ser valiente significa entrar a una habitación sin paredes ni horizonte, derramar cristales de los ojos y dejarse asesinar por la música. En aquella habitación el tiempo se difiere. Nada y todo existe. Al fondo, un espejo en frente de otro con su imagen se refleja. Y la imagen de la imagen se refleja. Y una nueva imagen reflejada en la nueva imagen…
Su luz diferida se bifurca en miles iguales. Cada arista es un rayo de luz delicado. Y la imagen se refleja nuevamente…
La música a dos voces como un diálogo interminable. El piano refleja la melodía del violín. El violín refleja la armonía del piano. Solista a cuatro cuerdas. Armonía a tres notas constantes. Bajo un tempo lento y meditativo, no hay mayor miedo que ver su propia imagen reflejada en un espejo. No hay mayor temor que ver su imagen multiplicada por el infinito.
Con cada nota, una imagen; con cada imagen, algo se distorsiona dentro de uno. Las escalas ascendentes producen reflejos descendentes. Como es arriba, es abajo. Verse en un espejo es un acto de peligro. ¿Qué dice mi reflejo cuando no me veo al espejo? ¿En qué me convierto cuando no me veo al espejo? ¿Soy mi reflejo? ¿Soy la ausencia mi reflejo?
Lágrimas. Siempre las lágrimas emanan de mis ojos. Y mi reflejo húmedo de lo que fui. Y mi reflejo de agua de lo que soy. Y mi reflejo acuoso de lo que seré. Su indicación de seis notas por cada cuatro silencios brinda paz en forma de lágrimas constantes. Diálogo de tríadas de un instrumento. Las escalas ocasionan el segundo. Sus alternancias aumentan. Sus longitudes decrecen tan lento como es el presente. El violín y el piano en un diálogo eterno, como volver a casa después de un largo viaje. Rozar el cielo. Saber el significado de la palabra perfecto. Con cuatro manos que conmueven. Al piano, siempre la derecha de tres notas y la izquierda siempre con su tintinnabuli…
Las redondas prolongadas del violín con sus ligaduras que se prolongan. Los acordes se fragmentan unidos. Las texturas recurrentes. Tranquilidad perfecta que da la vida. Su ambiente introspectivo crea lágrimas disonantes. Saber escuchar lo que tiene que decir la música en cada imagen. Hipnosis sin accidentes ni adornos. Sin indicaciones especiales. Estado puro de la música en donde lo minimalista habla más que cien instrumentos.
Todo en aquella habitación avanza lento con el tiempo, en un especial estado de silencio.
Una gota cae sin prisa. Un feto que flota en la oscuridad de un útero adormecido. La primera nota que crea un círculo imperfecto. Y sus vibraciones en torno de un par de oídos. Cada nota sincopada como el latido de un pequeño mundo...
Y los sonidos se entrecruzan como haces de luz con todas sus asimetrías. Y sus ángulos obtusos se retractan. Y las ondas se buscan y se encuentran. Y el aire vibra con ternura. Y las cuerdas acarician el vacío. Y las teclas que rozan las sombras de la luz.
Y el violín habla. Y el piano responde. Y el violín pregunta. Y el piano escucha. Y las puertas se abren. Y las ventanas se cierran. Y un espejo se rompe. Y un espejo se fragmenta. Y los reflejos no se quiebran. Y las imágenes se repiten y se repiten, y se repiten y se disuelven cada vez en imágenes más pequeñas…
Y al final la música se observa a sí misma, en la habitación del cuerpo del oyente.




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