Preludio
- Alberto Simón

- hace 2 días
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Aquí me encuentro. Rodeado de cuatro paredes lejanas. Con mi cuerpo de cicatrices coloridas, con los tubos de óleos secos, con mi pincel sin movimiento, con mi espíritu en fragmentos, con milienzo oscuro y estático. Artista me dicen, pero no soy más que un representante de fantasías insatisfecho.
Si alguien de ustedes es tan valiente como para adquirir mi obra, les advierto que no hay
devoluciones, porque no garantizo el arte ni garantizo la duración. Mis cuadros son simples trazos hechos con el pincel de mi furia. No hay profundidad, ni perspectiva, ni líneas definidas, ni contraste. ni arte. Los críticos dicen, que incluso un niño de primaria retrata la realidad mejor que yo. Pero a no me interesa plasmar una ficción mejorada de mi mismo.
Cuando cierro los ojos, las ideas me abandonan como aves migrantes en invierno. Solo entonces,soy capaz de ver lo que voy a pintar.
Aparece una silueta. Lenta. Sigilosa. Tenue. Como un preludio. Una luz inquieta va y viene. Cobija el cuerpo desnudo de la mujer. Su anatomía me engulle: su cuello de cisne, sus hombros finos, sus brazos péndulos, la concavidad de su dorso, la convexidad de sus lumbares. Gira hacia mi y veo su anatomía anterior difuminada: inclina su rostro, sus ojos semiabiertos, sus labios enigmáticos, sus mano izquierda oculta sus senos, su torso girado, su centro anatómico descubierto, la nube negra escondida debajo de su mano derecha.
Al fondo, aprecio la chimenea y su luz inestable. Calor y fuego en una misma escena. Al frente de mi mujer, un piano silencioso. La mujer desnuda y el piano. ¿Qué mas puedo pedir? Unas partituras sobre el piano, una manzana en el centro de la mujer, una tablero de ajedrez mal organizado, un florero oxidado sobre la chimenea. Al fondo, la lluvia acaricia la ventana.
Reconozco que he muerto, cuando veo un reloj con sus manecillas que no giran. Mi obra nace en el instante en que el tiempo muere. Me arrepiento. Más elementos restarían importancia a la mujer. Pintaré solo lo necesario. Me conformo. Estoy satisfecho. Acomodo el caballete y el lienzo en donde considero tengo la mejor perspectiva para captar el juego de la luz con las sombras. Quiero dar la ilusión de que la mujer está viva.
Corrijo la postura, tomo la paleta, selecciono los colores, tomo el pincel.
Mi mano se mueve de arriba abajo, de izquierda a derecha. Traza líneas cóncavas y convexas, líneas rectas y firmes, irregulares algunas, regulares las otras. Dejo que mi mano fluya en ese espacio sin tiempo, en ese tiempo sin límites. Dejo que la obra fluya sin observar el lienzo.
Unos acordes llenan el vacío que ocupa el silencio. Su intensidad leve hace eco en las paredes invisibles. Como si de un preludio se tratara. Reconozco la melodía. Es aquella melodía de amplios cromatismos que solo Chopin es capaz de componer. Aquella melodía capaz de inundar eluniverso de tristeza, melancolía y resignación. ¿Qué más quiero? Tengo a mi mujer desnuda y el Preludio No 4 de Chopin unidos en un mismo sueño.
Los movimientos de mi pincel son lentos y enigmáticos, como los compases del preludio. Escucho la melodía mientras veo a la mujer. Y me siento libre pintando, derrochando colores,
desbordando imaginación.
Sin observar, sé que en la tela pinto una copia barata de un cuerpo exquisito. No sé si ya he
terminado el dorso desnudo, los senos tapados o las curvas pronunciadas. No sé si ya he sido capaz de lograr el efecto vertiginoso a la luz de la flama inquieta.
Cuando parece que los primeros compases se repiten, cambian de pronto a un aumento
progresivo de intensidad para llegar al compás de mayor tragedia, y luego caer como copos de nieve en verano. Los últimos acordes son agonizantes. La música muere y el silencio retoma el lugar que le ha sido usurpado. Al mismo tiempo, la flama inquieta se apaga, los colores se atenúan.
El piano se torna más oscuro hasta empaparse de negro y junto con él, la mujer desnuda se
disuelve en la oscuridad abundante, como vapor de agua, como las sombras desaparecen en la noche, como los sueños que se esfuman.




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