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Herido

Llegó un hombre herido de muerte y decidí operarlo. Abrí su cuerpo de manera urgente con el bisturí entre mis manos de cangrejo.Rasgué su piel en dos pedazos como si fuera la cortina del cielo. Vi que sus músculos longevos eran azules y que su grasa era inapropiada. Entré a su cuerpo como un explorador en una cueva. La luz del quirófano convirtió la penumbra en día.


Una fuente inagotable de inquietudes recorrió mis venas aquella noche inolvidable de

verano, o de otoño o de invierno…


Aún tengo perforada la memoria. Hace tanto tiempo de aquel hombre que los

recuerdos ya no me pertenecen, pero recuerdo que su alma parecía desgastada y que

la aorta sangraba manantiales de tinta negra, fresca, recién cosechada; pero no era el

origen de sus males.


Escudriñé por cada rincón de su anatomía. Me extravié en sus profundas variantes

como niño en un laberinto sin entrada ni salida.


Debo admitir que me sorprendió su delicado hígado en forma de nube. El bazo,

aunque de barro, no contenía agua. Profundicé en una de las transcavidades a un lado

del estómago y salieron algunas mariposas con vuelo inestable.


La tinta formaba letras ilegibles en cada compresa y las compresas formaban

versos inentendibles. Sequé la tinta con hojas en blanco que, al evaporarse con la

calidez de las suturas, formaron poemas de muerte, de muerte, de muerte…


Nueve litros de tinta escribieron el último libro de aquel poeta herido del corazón y

nada pude hacer para salvar su vida. Mis esfuerzos no fueron en vano porque la

muerte lo reclamó para sí: ella lo amaba desde hace tiempo, lo quería desde hace

tiempo, lo deseaba desde hace tiempo. Lo seguía desde que nació, para que le

escribiera poemas con su sangre.


Poemas que ningún otro hombre escribiría.

 
 
 

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