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Cuento: Mariposas

Solo le faltaba un requisito para morir: tener una mariposa entre sus manos.

De niña le gustaba correr entre las mazorcas intentando atrapar alguno de esos

insectos con alas de colores. Nunca atrapó alguna, pero siempre imaginaba a la

mariposa en su nariz, con las alas extendidas.


Ahora su cuerpo, doloroso en todo sentido, era de cristal como para perseguir

una mariposa. Pensó que moriría sin cumplir aquel sueño que tenía desde niña,

mientras sentada en su silla de madera, esperaba la hora de su muerte. Cerró los

ojos. Soltó una leve sonrisa. Se imaginó corriendo con ayuda de su bastón tras

una mariposa, atrapándola con sus manos y sintiendo las cosquillas que le

producían las alas extendidas sobre su nariz.


Emilia vivía sola desde hace tantos años, que ya no recordaba si tenía hijos,

nietos o algún perro. Abrigada por la oscuridad de su casa de adobe, rogaba por

un último milagro a la imagen del Santo Niño de Atocha que tenía sobre la mesa

de madera apolillada. Pensó que hacía falta encenderle una veladora para que

sus rezos fueran escuchados. De la manera más lenta, con ayuda de su bastón

hurgó entre los cachivaches que tenía amontonados y encontró un vaso de cristal

roto con la cera derretida y el pabilo quemado. Tal vez ahora, el milagro se

cumpliría a la mitad.


Para asegurarse de que el milagro se cumpliera en su totalidad, buscó la caja

de cerillos. Recordó nombre y apellidos de sus abuelos, el asombro que sintió al

escuchar por primera vez la radio, los cinco pesos que nunca le pagó un vecino

hace más de veinte años, el día exacto en que su padre murió y las personas

presentes en la misa de hace tres domingos. Pero no recordó en dónde había

dejado la caja de cerillos. Buscó entre los trastes de peltre, entre la leña del

fogón, y en un hueco en la pared de la cocina, pero no encontró nada.

Emilia tomó su bastón y se dirigió con Don Seferino, que era el único que

vendía cerillos a esas horas. La tienda, como todos sabían, se encontraba bajando

el cerro, a una calle del otro lado de la carretera.


Las cataratas que nunca se había atendido, le impedían a Emilia ver el brillo de

lo a luna. En cada paso, hacía a un lado las piedras con su bastón y escuchaba el

canto de los grillos y el ladrido de los perros a lo lejos.

Una sombra apareció del otro lado de la carretera, pero no inmutó en lo más

mínimo a Emilia. Era un caballo negro, que trató de ahuyentarlo con su bastón,

pero el animal la miraba fijamente con sus ojos amarillos. Emilia había hecho un

gran esfuerzo por llegar hasta ahí y no dejaría que esa bestia se interpusiera entre

ella y los cerillos que le vendería Don Seferino.


Decidida, atravesó la carretera y en ese momento, el caballo lanzó un relincho

demoniaco. Por primera vez en su vida, Emilia sintió un escalofrío, se paralizó a

mitad de la carretera y dos luces como luciérnagas aparecieron rugiendo como

una bestia. Nadie escuchó el sonido seco del el cuerpo contra el asfalto. Todo se

volvió más oscuro de lo que ya era.


Cuando abrió los ojos, Emilia estaba envuelta en tanta neblina, que podía ver el

vaho que salía de su boca. La neblina se disipaba con cada paso y de pronto

reconoció el bosque repleto de frondosos pinos y oyameles. El pasto era el más

verde que había visto y abrigaba a una cabaña de donde salía humo por la

chimenea. El aroma a leña quemada penetraba directamente en sus narinas. Le

tomó bastante tiempo darse cuenta de que caminaba sin bastón. Sus ojos se

humedecieron. En su arrugado rostro se dibujó una sonrisa que hacía mucho

tiempo no se veía y se sintió abandonada por el dolor. Siguió el camino dibujado

en el pasto que subía a la montaña y los pinos la absorbieron.


Caminó, como no lo había hecho desde hace tiempo. Pensó que se encontraba

en medio de un sueño. A mitad del sendero, vio un caballo negro con ojos

brillantes que se encontraba pastando. Sintió la frescura del lugar, pero no tenía

frío. Llegó a un mirador desde donde vio el cielo sin ninguna nube. Cuando

agudizó la vista para ver su casa, entre los cientos de casitas diminutas que se

veían al fondo, una mariposa se posó en su nariz. Emilia juntó las pupilas y vio los

finos contornos de las alas, los colores definidos, y los diminutos ojos luminosos.

Intentó atraparla, pero el pequeño insecto escapó antes de que pudiera tomarla

entre sus manos.


La mariposa voló sobre un camino de tierra y piedras que parecía seguir aún

más allá de donde terminaba la montaña. Emilia corría y sonreía estirando sus

manos, mientras la perseguía, como cuando era niña. En el camino, Emilia

esquivaba a las miles de mariposas inertes y petrificadas. Sintió tanta pena por

ellas que se inclinó para tomar una entre sus manos y rezar por su diminuta alma.

Cuando la tomó de sus alas, la mariposa se esfumó como vapor de agua que se

disuelve en el ambiente. Así, cada mariposa sin movimiento que tomaba entre sus

manos se esfumaba de la misma manera. Emilia no entendía por qué las

mariposas desaparecían, pero como la mariposa que perseguía, aún estaba viva,

la siguió por el camino hasta que llegar al lugar más alto de la montaña. Ahí

sucedió el milagro.


Los árboles no eran verdes. Los pinos y oyameles estaban tapizados por

millones de mariposas de colores brillantes. Emilia se acercó a un pino, levantó la

mirada y abrazó el tronco. Sintió cómo el peso de sus lágrimas, hacían temblar la

tierra. Sus brazos se confundieron con las ramas del pino e incontables mariposas

revolotearon alrededor de ella, posándose en aquel par de extremidades

deformes. Lo único que se escuchaba, era el zumbido de millones de alas alegres.

Emilia continuaba encaramada al tronco del pino, mientras miles de mariposas

continuaban posándose en su cabeza, en su rostro, en sus piernas y en su alma.

Por fin, había tenido no una, sino miles de mariposas en ella.


Extendió los brazos hacia el cielo en forma de plegaria. Sintió que poco a poco,

se desprendía del suelo y se elevaba entre las ramas de colores de los árboles.

Las miles de mariposas cargaron el peso de la anciana por el cielo y la llevaron

lejos, hasta dejarla en la entrada de un túnel oscuro.

 
 
 

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